jueves, 30 de mayo de 2013

La nueva culpa de Layún.

Por Luis García para el Diario Récord.

Miguel Layún, como en toda historieta o cuento, ya sea de ficción o de la vida real, existen roles esenciales para que cualquier novela o trama llegue a buen puerto, y tú, durante mucho tiempo, ejerciste un turbio personaje y el domingo pasado decidiste de forma brutal mutar e interpretar un papel diametralmente opuesto al que venías desarrollando. Tanto el personaje del bueno, guapo y poderoso, como el del malo, incómodo y obscuro se dan en ciertas ocasiones de forma natural, otras muchas, y me atrevería decir que las más, se obligan para que la personalidad del implicado se adapte o quepa en la necesaria representación del bienhechor y el forajido, cuando todos sabemos que el luminoso posee matices sombríos y el perverso posee momentos de caridad.

En ti reconozco una fantástica y envidiable capacidad de no hacer caso a lo que señala el entorno, a desterrar juicios sin sustento, cuentas con una gruesa coraza la cual impide que ataques y loas sean filtradas de sensata manera. Posees una de las mejores virtudes que cualquier ser humano debiera tener: te sabes reír de ti mismo; entiendes como pocos que nada es tan grave, con tu medular concurso en la final nos has gritado a todos que las salubres circunstancias como los groseros tumbos son parte inherente de la vida laboral. Nos has recordado de forma contundente que todo pasa, que nada es permanente, que la fortuna como la depresión pueden irrumpir juntas el mismo día y no pasa nada. Ayer en el programa de Deporte Caliente te pregunté y te pedí que nos adentraras en tus emociones en esos metros que separan el medio campo del punto penal en donde definiste la final, qué pensabas, qué sentiste, y tu exquisita respuesta fue: la pelota es tan chica que seguramente encontrará un recoveco por donde colarse a la portería, pues bien, así fue, y sin importarme un comino quien resultó campeón, celebro tu contestación, pero más celebro tu desparpajo. No te conozco profundamente, pero que le pasen cosas buenas a hombres como tu sencillamente lo aplaudo y me gusta, no puedo hablar de merecimientos, insisto, te desconozco en el día a día, pero lo que puedo leer, escuchar y vibrar de ti, es que eres un hombre a carta cabal, con miserias y bondades como cualquier hijo de vecino y que este violento brinco del antihéroe al héroe de la película no le pudo venir a nadie mejor que a ti. Como mencionaste en la entrevista que le regalaste a Felipe Morales de Azteca Deportes, el domingo fue un parte aguas en tu transitar en el futbol, pero estoy cierto que las altas que hoy vives como las bajas que viviste y podrías volver a sentir, las asimilarás con suma sabiduría como has hecho con cada paso de tu carrera.


martes, 28 de mayo de 2013

10 Curiosidades de: Miguel Herrera

FUTBOLSAPIENS.COM 


En esta ocasión toca turno al Piojo Herrera, técnico que por fin pudo ser campeón y le dio su título número 11 al América. Además resulta imposible olvidar la manera en que vivió la final contra Cruz Azul. ¡Se nos puso como loco!

PLATAFORMA. Con una infancia carente de lujos, Herrera se forjó un carácter bravucón para no dejarse vencer por las adversidades. Parte de su personalidad se la debe a dos mujeres, su abuela y su madre. Ellas son lo más fundamental en su vida, pues fueron quienes lo sacaron adelante y le enseñaron que mientras haya vida y haya sueños nada está perdido.

PELEONERO. Siendo niño no se andaba con cuentos, si lo buscaban lo encontraban. Su temperamento siempre ha sido explosivo y si de agarrarse a golpes se trataba no la pensaba dos veces. La única manera de controlar tanta energía era jugando cáscaras.

TECOS. Debutó como jugador en primera división vistiendo la camiseta de los Tecos. Curiosamente no lo hizo como delantero, posición que desempeñaba durante su paso por Coyotes y Cachorros de Neza en divisiones de ascenso, sino como defensa.

PELÁEZ. Hoy amigos, presidente deportivo y entrenador del América respectivamente, en su etapa como futbolistas, uno con Necaxa y otro con Atlante, protagonizaron partidos donde se daban con todo y después se enfrascaban en batallas verbales con insultos de por medio. Cada vez que se encontraban en una cancha, Ricardo Peláez y el Piojo se tiraban patadas para ver quién resistía más.

BRONCO. Como futbolista fue famoso por calentarse rápidamente, incluso con aficionados. Jugando para Atlante, un seguidor del León lo agredió al término del encuentro y Herrera respondió de la misma forma. “Yo estaba cansado, estaba en una entrevista y pasa un tipo, me golpea por atrás con el enfado después de haber perdido. Pensé que era alguien conocido, porque no fue un golpe tan fuerte, pero el tipo se paró a un metro de mí y me retó a golpes”, describe en entrevista con Milenio.

LAVOLPISMO. Descarta por completo ser pupilo de Ricardo Antonio La Volpe. Su argumento consiste en que el argentino no fue quien lo inició en su trayectoria como director técnico. De hecho considera que hablar de escuelas en e futbol mexicano, lavolpismo y lapuentismo, es puro humo, es para copiar el estilo argentino en torno al menottismo y bilardismo.

MAESTROS. Son cuatro entrenadores de los que ha aprendido y de los que considera posee rasgos en su visión futbolística. Enrique Meza (manejo de grupo), Alberto Guerra (balance en un equipo), Carlos Reinoso (guía) y César Luis Menotti (motivación y táctica).

MÉXICO. Con la espinita clavada de no haber disputado el Mundial del ’94, tras una decisión repentina de Miguel Mejía Barón, sustentada en el carácter de Herrera (una entrada artera en un partido frente a Honduras y la agresión al aficionado del León), el Piojo sueña con dirigir a la Selección Nacional en una Copa del Mundo: “Sé que no es mi momento, debo esperar, estoy trabajando”.

MEDIOS. Actualmente es de los pocos entrenadores que no tienen problema en atender a la prensa y es complaciente para dar tanto declaraciones como entrevistas. Como jugador era explosivo en sus dichos y no se callaba nada para criticar a Televisa.

FIESTA. Los tiempos han cambiado, pero en sus buenas épocas fue famoso por visitar los mejores centros nocturnos, acompañado de bellezas. Fue considerado un latin lover en la década de los noventa.

FUENTES: Milenio, Televisa, Televisión Azteca, OEM.


Y por eso me gusta tanto el futbol

No viene al caso hacer esta columna como siempre, hablando brevemente de los diferentes sucesos de la semana. Ahora sólo hay un tema: el partido del domingo en la noche. No viene al caso mencionar la redención de Robben o el paso de Neymar al Barcelona. Hoy no.


Nunca, en todos mi años de aficionado, había vivido momentos como los de esta Final. El América, un equipo al que se le acusa de todo —y en ocasiones merecidamente— mostró un carácter que no le conocíamos, un espíritu que no se ve con frecuencia en nuestro futbol. Nunca se rindió. Nunca hizo otra cosa que buscar el título. Y al final recibió una recompensa que los ahí reunidos, en el Coloso, creímos que no llegaría nunca. En casi 180 minutos las Águilas habían demostrado que no tenían idea de cómo meterle un gol al Cruz Azul y en particular a Corona. Tiraban balonazos inútiles desde las bandas hacia el centro del área que la defensa fácilmente reventaba. Buscaban a Benítez con pases que en la NFL se conocen como “Ave María”, pero el goleador estaba mejor resguardado que Obama cuando nos visitó. Sin embargo, los jugadores del América compensaron su falta de claridad con con enjundia, con agallas. No les afectó en lo anímico tener dos goles en contra o un jugador menos en la cancha. Tampoco que el árbitro estuviera tomando pésimas decisiones en su contra (por cierto ¿Torrado tiene fuero, o como explican que se le permita patear tanto?). Ellos no se rindieron hasta conseguir el objetivo anhelado.

Me da la impresión que lo que le sobró a los de Herrera es justo lo que le faltó a su rival, que prefirió aguantar atrás, esperando un contragolpe que le ayudara a asegurar el título. El Cruz Azul jugó como visitante en el Azteca pero también en su casa. Practicó un futbol ratonero. Especuló, pensando que ese era el camino para acabar con la sequía. Su técnico rápidamente sacó de la cancha a su jugador amonestado, evitando que otra tarjeta pudiera poner en igualdad de circunstancias el partido. Otros de sus jugadores fingieron faltas y lesiones sin pudor alguno, buscando sacar tajada. Hoy sabemos que de nada eso les sirvió. Que equivocaron el plan. Que la escuela de pensamiento y estrategia Raúl Arias no siempre arroja resultados favorables a sus adeptos. Y mientras todo esto ocurría, yo estaba como noventa y tantas mil personas en el Estadio Azteca, pensando que ya no iba a pasar nada. Me acordaba de una Final a la que me llevó mi padre hace muchos años en la que perdió el equipo al que le iba de niño, justamente contra La Máquina. Yo tenía seis años y me resultó tan fuerte la desilusión de aquella ocasión que cambié de equipo. Desde entonces soy americanista.

En el minuto 85 estaba seguro que mi equipo iba perder. Pero a diferencia de otras ocasiones no sentía el enojo que acompaña a los resultados adversos. Al contrario, me daba gusto que el equipo se hubiera entregado así. Se puede perder con dignidad. La porra del Cruz Azul celebraba como si el hechizo ya se hubiera roto. Bailaban, brincaban y entonaban el “Cielito lindo” a todo pulmón. En eso cayó el primer gol y nos animamos los americanistas. La persistencia empezaba a dar frutos, aunque quizá demasiado tarde. Lo que pasó a continuación fue vertiginoso. Un córner. Otro. El remate de Moisés. El gol. La locura en el estadio. El silencio en la cabecera cruzazulina. Un vecino de asiento, entusiasta de los azules, con la voz quebrada decía “No puede ser, otra vez, no”. Este señor ya anticipaba el desenlace.

El América pudo haber ganado en los tiempos extras, pero no lo hizo. A los penales la Máquina llegó abatida. Los tiros fueron mero trámite. Una vez maá hizo acto de presencia el eterno subcampeón. El frustrazul. El hazmerreir de las demás aficiones.

Por eso me gusta tanto el futbol. Por el final de este partido. Por que más allá de sus directivos, de su política, de sus multidueños, de los árbitros incompetentes, de los técnicos timoratos, es capaz de darnos minutos de emoción pura y sin diluir que hacen que todo lo demás valga la pena. Hay campeón.

Por Rulo para el Diario Récord.

Azcárraga sin camisa

Todo iba muy bien el domingo pasado con la final del torneo de Clausura de la Liga MX.

Fabulosa la victoria del América. Todo era enorme, magnífico hasta que vimos a Emilio Azcárraga, presidente de Grupo Televisa, haciendo desfiguros, con el torso desnudo, en el Estadio Azteca.

¿Por qué le voy a escribir de esto si yo soy crítico de televisión?

Porque independientemente de cualquier otra lectura, éste es un asunto de televisión, de la pantalla, de lo que se debe y de lo que no se debe hacer.

¿Qué fue lo que vimos esa noche, en vivo, en El Canal de las Estrellas?

Mucha fiesta, mucha producción, la pantalla dividida en cuadros y súbitamente, sin que nadie se lo esperara, la voz narradora de esa transmisión nos dice, como si fuera una gracia, que Emilio Azcárraga, enfatizando su posición como dueño del América, estaba celebrando sin camisa en el estadio.

¿Por qué lo dijo? ¿Por qué lo dijo en ese tono? ¿Por qué lo dijo dando todos esos antecedentes? ¿Quién se lo pidió? Ni siquiera estábamos viendo eso. ¿Cómo?

A los pocos segundos de esto, como que una cámara fue y buscó al señor Azcárraga.

¿Y con qué nos encontramos? Con una turba, rarísima, que se acercaba desde la cancha hacia las gradas donde estaba una de las porras, encabezada por un único individuo descamisado y aventando playeras. Era él.

Nadie más estaba con el torso desnudo, nadie más estaba arrojando ropa. En eso, como que otras cámaras lo alcanzan y lo centran justo cuando empieza a hacer reverencias y ademanes de un agradecimiento desmedido, insólito.

Cualquier productor en su sano juicio hubiera cortado. Los responsables de esa cobertura especial no mandaron a un reportero a interceptar al empresario y a preguntarle lo obvio.

La bronca fue que a esa imagen, nada afortunada, se le sumaron la dicción y unas respuestas peores.

Por ahí, a las quinientas, alguien le pasó una camiseta a don Emilio él se la puso e insistió en un punto: “ódiame más”, la leyenda de triunfo del América.

Por supuesto, la reacción en las redes sociales no se hizo esperar y a Azcárraga lo pusieron como lazo de marrano comparando su físico con el de cualquier cantidad de personajes y acusándolo de estar borracho, entre muchas otras barbaridades.

Mire, Emilio Azcárraga Jean está en su derecho de comportarse, vestirse, desvestirse y celebrar lo que quiera, como cualquier persona de cualquier rincón del mundo.

Igual, puede ir a un estadio, a un concierto o a un antro y hacer lo que se le antoje, como usted o como yo.

La bronca es que las imágenes que vimos no fueron las de un cazador furtivo que lo pescó en la cubierta de su yate, sino las de una transmisión nacional.

Y, peor tantito, él no andaba ahí como cualquier fanático de cualquier equipo andaba de dueño, y tan andaba que su gente, en lugar de evitar encontrárselo, lo buscó, lo encontró y le dio presentación de gala. ¡Eso es lo que no se puede!

¿Por qué? No, no es porque don Emilio se vea fino o vulgar, o por toda la avalancha de cuestiones que se dijeron en Internet.

Es porque el señor, en ese momento, estaba representando algo.

¿Qué? A un equipo, a una marca, a un conglomerado de empresas, a accionistas, socios, anunciantes y a miles de empleados.

¿A cuántos otros líderes, de ese nivel, usted ha visto en circunstancias similares? ¿Qué pasaría si algún otro personaje, de esa altura, hubiera hecho algo parecido?

Por donde quiera que se analice, el mensaje es tremendo y la euforia no es justificante de nada. Y esto que estoy diciendo no tiene nada que ver con preferencias personales, empresariales o deportivas.

Es comunicación corporativa, imagen pública y por supuesto que repercute en lo que a usted y a mí nos interesa que son los contenidos.

¿Cómo aspiramos a limpiar las pantallas de Televisa de ciertos proyectos y de ciertos personajes si su cabeza se muestra ante el mundo tal y como millones de personas lo vimos esa noche?

¿Qué va a pasar con todos esos mensajes de amor, causas y valores después de esta nota? Y guardar silencio no es la solución, eso mandaría un mensaje todavía más delicado.

¿Pero sabe qué es lo que mas me duele? Lo del “ódiame más”. Y lo digo así, me duele, porque la promoción del odio es lo que México menos necesita, ni como juego de palabras.

La frase “ódiame más” esconde soberbia, impunidad y muchas cosas espantosas y decirla ahora, como sinónimo de éxito, cuando hay tanta violencia en los estadios, cuando hay tantas víctimas del odio y cuando Televisa combate el bullying, es demencial.

¿Qué va a pasar aquí? ¿Nada? Bueno, incluso si no pasa nada, eso va a ser una respuesta, algo que invariablemente va a marcar a muchos de nuestros programas favoritos.

Quiero ver lo que van a hacer y a decir los asesores de Televisa, los expertos en imagen pública. Jamás habíamos visto algo así en cadena nacional. ¿O me equivoco?

El campeonato del América tiene un héroe desconocido

Este título debe ser aprovechado para el reposicionamiento del América en el futbol mexicano. La forma en la que ganó su undécima estrella es la que marca a los equipos en su historia deportiva. Toda la ineficacia ofensiva que vivieron por la mala versión del ‘catenaccio’ a la Guillermo Vázquez, se convirtió en gloria deportiva en cuestión de segundos.

Deben los directivos sacarle provecho porque el América volvió a ser el equipo que siempre necesita ser, porque el futbol mexicano necesita este tipo de partidos y porque el futbol se reivindicó en el Azteca el domingo por la noche, pese a la pésima actuación de un árbitro que primero acuchillo al América, pero que después por ineptitud no marcó dos faltas claras que fueron producto de los dos goles del ahora campeón.


Fue un fin de semana inolvidable para el futbol, lo que sucedió en Wembley en una Final pocas veces vista en Europa por la ambición de ambos equipos, y la noche mágica en el Azteca con un partido sui generis, pero de alta dosis de emotividad.

Los aficionados al Cruz Azul deben estar furiosos con Guillermo Vázquez, su postura defensiva más con tintes de cobardía que de una estrategia coherente los llevo al precipicio. Un equipo que no se atreva a atacar difícilmente ganará, y aunque estuvo a 30 segundos de hacerlo, no lo consumó y eso es un rotundo fracaso, pero sobre todo una alta frustración para un equipo que no puede seguir teniendo este tipo de derrotas. 10 finales consecutivas perdidas, 16 años sin el campeonato de Liga no se borra por ganar la CopaMX, que si bien fue importante para la institución e hizo despertar a un equipo que parecía desahuciado, lo de la noche del domingo es un golpazo.


¿Quién asumirá la responsabilidad de la dirección técnica en Cruz Azul? Está claro que Memo Vázquez no debe continuar y mucho menos con los planes de la directiva que tratarán de colocar a Mario Trejo en la dirección deportiva. ¿Quién es el entrenador que sepa ganar las finales? ¿A quién le confiará Guillermo Álvarez a su golpeado equipo?

Una clase de poderío mental que le propinó el América al Cruz Azul, pero la clave del primer campeonato de Miguel Herrera me parece se debe a José Rangel, un hombre que sin reflectores logró lo mejor que tiene este equipo: la condición física. Impresionante fue observar a 10 hombres que llegaran con ese ritmo y fortaleza a los tiempos extra. Rangel está con Miguel Herrera desde el año 2002, y por su capacidad será difícil que algún día se separen.

Es mejor seguir pensando en la final del futbol mexicano que en los cambios de franquicias por todo el país. Es mejor seguir pensando en esos últimos minutos en el Azteca que en lo que empezará a vivir desde hoy la Selección Nacional que se mete a dos plazas realmente complejas, como Kingston y Panamá, pasando por una escala en Houston contra el Campeón de Africa.

Los más de 32 puntos de rating que tuvo la Final son más que justificados, porque el domingo los aficionados en este país, sea quien sea su favorito, odien o quieran al América, disfrutaron de algo maravilloso, de esos partidos que nos recuerdan porqué nos gusta tanto este deporte.

Los malditos 30 segundos de la historia del Cruz Azul se convirtieron en los 30 segundos más gloriosos de la historia del América.


Por Gerardo Velázquez de León para el Diario Récord.